Semana de Prevención del Cáncer de Piel: 7 días para generar conciencia

Aceptar nuestra genética es el primer paso para empezar a cuidarnos. El segundo, incorporar y difundir hábitos que nos permitan disfrutar del aire libre sin dañar la salud. ¡Sumate a esta campaña!

Esta fecha comenzó hace ya unos 28 años como la “Semana del Lunar” en el Servicio de Dermatología del Hospital de Clínicas José de San Martín. Luego, por su gran éxito, se replicó a lo largo y ancho de todo nuestro país y se transformó en lo que hoy conocemos como la Semana de Prevención del Cáncer de Piel. Se realiza la tercera semana de cada noviembre con el objetivo de educar y concientizar a la población acerca de los cuidados que debemos tener frente a la radiación ultravioleta (como la del sol o de las camas solares) para evitar el daño acumulativo que nos produce.

 

¿Sabías que el cáncer de piel es uno de los que más creció en los últimos 30 años? 

 

En los seres humanos, uno de cada tres casos de cáncer es cutáneo. Existen distintas clases:

  • Carcinoma basocelular (CBC): representa el 75% y es el más frecuente. Afecta a las zonas expuestas al sol, en especial, a la cabeza y el cuello. Crece en forma lenta y puede invadir en profundidad, lo que resulta importante cuando está cerca de órganos nobles como los ojos o áreas cosméticas como la nariz, pero rara vez se extiende a otros órganos (es decir, no da metástasis).
  • Carcinoma espinocelular: representa el 15% de los casos. Se relaciona con el daño solar crónico. Otra causa importante es la infección por VPH (virus del papiloma humano). Afecta las zonas expuestas al sol y, en ciertas localizaciones como labios o genitales, puede ser más agresivo y dar metástasis ganglionares o a distancia.
  • Melanoma: representa alrededor del 5%, pero es la primera causa de muerte por cáncer de piel, ya que puede diseminarse a ganglios y a otros órganos si no se diagnostica en forma precoz. Al igual que el CBC, se relaciona con el antecedente de quemaduras solares: esto implica el enrojecimiento con frecuencia, sobre todo, durante la infancia y la adolescencia.

 

¿A quiénes afecta?

Se sabe que esta enfermedad se ve con mayor frecuencia en personas: 

  • con piel muy clara (aquellos que siempre enrojecen y apenas o nunca se broncean), 
  • con pelo rubio o pelirrojo
  • con ojos claros
  • con muchas pecas y lunares (nevos múltiples), 
  • que tienen antecedentes de reiterados episodios de quemaduras solares y familiares con cáncer de piel

También se ha visto que el sexo masculino (realizan menos consultas médicas que las mujeres), la edad más avanzada y las localizaciones en cabeza, cuello y piernas son los casos de peor pronóstico.

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¿Qué acciones podemos tomar para prevenirlo?

En primer lugar, es muy importante que hagamos una consulta con un médico dermatólogo para conocer cuál es el estado de nuestra piel: si hay o no lesiones que podrían ser de riesgo y cuáles son las características a las que debemos prestar atención.

  • Si aparece una lesión nueva.
  • Si es pigmentada y tiene más de 1 color.
  • Si era pigmentada y perdió color.
  • Si pica, arde o sangra de manera espontánea.
  • Si te parece que cambió de forma, tamaño o color.

Hay que tener presente que el daño se produce por la acumulación a lo largo de la vida, por eso es clave transmitir y aprender hábitos de prevención que formen parte de nuestra rutina.

 

Durante la infancia y adolescencia es cuando más se acumula el daño porque la exposición solar es mucho mayor: se tienen actividades recreativas, deportes y tiempo libre que se pierden en la adultez. Para evitar el desarrollo de lesiones que puedan evolucionar a un cáncer en el futuro, debemos intensificar el cuidado, sobre todo en estas etapas de la vida.

 

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8 hábitos saludables que podés incorporar para cuidar tu piel

 

1. Evitá la exposición directa entre las 10 de la mañana y las 4 de la tarde. 

En este horario el sol pega más fuerte. Si tenés que exponerte, que sea por períodos cortos, buscá la sombra y usá sombrero de ala ancha, ropa de mangas largas y anteojos con filtros UV. En aquellas zonas que no puedas cubrir, usá protector solar.

 

2. Recordá que el protector solar NO es para tomar sol. 

Este producto es para protegernos del sol cuando estamos al aire libre. Si tomamos sol, acumulamos daño. El protector intenta disminuirlo, pero no lo evita al 100%: la única forma de cuidarnos es no exponernos

 

3. Utilizá un protector de amplio espectro.

Que bloquee los rayos UVA y UVB, y tenga un FPS (factor de protección) de 30 o más. Aplicalo entre 20 y 30 minutos antes de salir de tu casa y renovalo cada 2 o 3 horas, en especial, si hacés deporte, si te sumergís en el agua o si hay roce o fricción (por ejemplo, al tomar contacto con la arena). 

 

4. Si está nublado, hay que protegerse igual. 

Los rayos atraviesan las nubes, solo que no hay sensación de calor. 

 

5. Los bebés no deben exponerse en forma directa durante el primer año de vida. 

A partir de los 6 meses, podemos colocarles crema protectora (tiene que especificar que es para esta edad) solo en aquellas zonas que no estén cubiertas con ropa. Es recomendable no llevar a los recién nacidos y lactantes a la playa o exponerlos en las peores horas: aunque estén en una carpa o bajo una sombrilla, el reflejo de los rayos en la arena, en el agua o en el suelo puede alcanzarlos. Además, son muy sensibles al exceso de calor. A partir de los 2 años, puede aplicarse el protector en superficies más extensas. Existe ropa que tiene incorporado FPS y es una buena opción para no correr el riesgo de quemaduras.

 

6. Elegí un protector adecuado a tus gustos y tus actividades.

Si el producto es muy grasoso, parecemos un fantasma o se pega en la ropa, no lo vamos a usar. Hay infinitas opciones: para pieles grasas (efecto seco o geles acuosos) o envejecidas (con ácido hialurónico, por ejemplo), para zonas pilosas (geles o sprays), resistentes al agua, para que no piquen los ojos, con color, entre otros. Con el asesoramiento de un especialista en dermatología, hay que tratar de encontrar el que nos lleve a su uso diario.

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7. Aplicá protector solar en todas las partes de tu cuerpo que no puedas cuidar con otros medios. 

Recordá la regla de las 11 cucharaditas (una medida equivale al hueco de tu mano): 

Necesitás: 

  • 1 medida para la cabeza y el cuello, 
  • 2 para el frente del abdomen y tórax, 
  • 2 para la espalda, 
  • 1 para cada brazo, 
  • y 2 para cada pierna. 

 

Aplicalo cada 2 horas, en especial, después de nadar y de hacer actividad física. ¡No te olvides de las orejas, el escote y los empeines!

 

8. Hacete un autoexamen una vez al mes para reconocer tus manchas y lunares

La mayoría de los diagnósticos están motivados por la consulta de la persona que detectó algo que cambió o le llamó la atención. En zonas de difícil acceso, podés ayudarte con un espejo. En otras, como el cuero cabelludo, con un secador de pelo. Para la espalda, pedile ayuda a un familiar o amigo. Siempre recordá mirar entre los dedos de los pies, el borde de las orejas y la nuca.  

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Un dermatólogo siempre dará la última palabra acerca del riesgo de cada una de las lesiones, pero tener el hábito de observarse con cierta frecuencia es un pilar fundamental para detectar algo sospechoso.

 

Para conocer más información sobre este tema, ingresá en la página web www.cancerdepiel.org.ar o en la página de la Sociedad Argentina de Dermatología: www.sad.org.ar.



Fuente: Dra. Ana de Pablo, médica dermatóloga.