El amor: cómo nos transforma después de haberlo sentido

Charlamos con Luciano Lutereau, psicoanalista, filósofo y escritor, acerca del amor, el desamor y las expectativas e ilusiones que aparecen en el camino. Una temática que, sin dudas, genera inquietud y confusión, pero también ganas de sentir.
El amor empieza por uno mismo en ese abrazo eterno que nos invita a aceptar todo lo que somos. Comienza cuando abrimos el corazón para sumergirnos en el vértigo de volver a confiar en que sí podemos despojarnos de miedos para entregarnos a lo que realmente nos hace bien.  
 
En el amor hay ganas de crecer y, sobre todo, de aprender tanto en forma individual como vincular: “como es adentro es afuera”. Muchas veces, quien aparece en nuestra vida nos está contando un poco más acerca de nosotros, ya sea por las similitudes o por las diferencias, para así movilizarnos y empezar a respetar nuestro propio ser y establecer límites.
 
En una entrevista con el psicoanalista Luciano Lutereau, despejamos algunas dudas en torno a esta cuestión que nos involucra y nos transforma a todos.
 

¿Qué es el amor?

 
¡El amor no se entiende! Tampoco se define. Decir “El amor es…” enseguida le quita su fuerza, su condición enigmática, la potencia que hace que solo cuando amamos podemos cambiar y ser diferentes de nosotros mismos. Esto no quiere decir que cambiamos “por” amor –como si fuese una causa–, ya que el amor es más bien un efecto, el resultado de una entrega, después de la cual no volvemos a ser la misma persona. Por eso, la gran pregunta sobre el amor no es si somos amados o si volveremos a amar, sino si vamos a amar de otra forma y a dejar que el amor nos cambie la vida. 
 

¿Es necesario el amor propio para conectar con otra persona?

 
 
La expresión “amor propio” puede parecer paradójica, porque quien ama siempre está un poco fuera de sí. En todo caso, la cuestión es qué condiciones tiene el amor para no empobrecer a quien ama. Como ejemplo, Luciano nos cuenta que el enamoramiento idealizado –que deposita en el otro expectativas e ilusiones que a veces desconocen que el otro es un ser humano– es poco enriquecedor. El problema es suponer que quien ama tiene que estar dispuesto a todo, al punto de ir contra sí mismo. Hay quienes creen que si el amor no es incondicional, no es amor o es egoísmo, pero es todo lo contrario: ese amor que llaman “incondicional” se reduce a la dependencia y, por lo tanto, va contra cualquier crecimiento personal. El llamado “amor incondicional” tiene como límite poner a prueba al otro y eso termina en un problema: pedir cosas que en verdad no se quieren, solo para ver si se reciben; transgredir el cuidado propio y forzar relaciones. El “amor propio” empieza cuando se reconoce que no se puede hacer ni pedir cualquier cosa al amor.
 
 

¿Existen diferencias entre un vínculo y un encuentro?

 
Un encuentro es algo incalculable, simplemente ocurre y, durante mucho tiempo, puede que nos preguntemos por qué ese día a esa hora notamos por primera vez que una persona era diferente a las demás. ¡Inventamos mitos para explicar lo inexplicable del amor! Desde el platónico de la “media naranja” hasta los más modernos del “príncipe” o la “mujer de mi vida”. El punto es no olvidarnos que son historias que muestran su ficción cuando el amor se vuelve un vínculo; es decir, cuando comienza lo cotidiano, las expectativas o los proyectos a futuro. Ese es el momento en el que surgen los desencantos y las desilusiones, como si la chance de vivir un amor más real fuera de la mano de una pérdida. Están los que no se quieren comprometer ni perder su libertad o los que consideran que si el otro no se destaca, es uno más, sin intensidad. Pero ¿qué tipo de libertad se tiene sin un compromiso? Una abstracta y vacía. ¿Quién se vuelve común y ordinario si no viene con la intensidad deseada? El pasaje del enamoramiento al amor es aún uno de los más complicados en nuestra cultura, como si quisiéramos “estar enamorados todo el tiempo”, como en la canción de Virus, pero nos costará mucho más eso que Daniel Melero llama “vivir en amor”, que no es lo mismo que “vivir del amor” –porque, como dice Andrés Calamaro, eso “no se puede”. 
 

¿El amor se siente o se construye? 

 
El amor no es solo un sentimiento y no requiere pruebas o demostraciones, sino actos, que a veces son pequeños, mínimos o imperceptibles. Y, si se construye, no es el resultado de una decisión racional. En el amor se trata de estar cuando y donde es necesario: esto vale para una relación de pareja, como también para las amistades o la familia. Incluso para el amor a un país: estar ahí el día que hay que votar. Se trata siempre de la presencia, de actos que enseguida se nota si son o no auténticos. ¿Cuántas personas se pelean cuando tienen que ir a una fiesta familiar o cuando llega fin de año? En última instancia, en el amor se trata de una disponibilidad no permanente, pero sí para ciertas circunstancias, porque el núcleo mínimo del amor es la compañía.
 

Cuando comenzamos una relación, ¿conectamos desde la necesidad o desde el registro de la otredad?  

 
A veces conectamos desde la necesidad y otras reconocemos al otro, como una tensión permanente. Cuando predomina lo primero, estamos cerca de las llamadas relaciones tóxicas, en las que existe una escena que retorna una y otra vez. Son relaciones sin elaboración, que reproducen el circuito de culpa y reconciliación y que no se caracterizan por un rasgo u otro, sino por esta dinámica. El amor es conflictivo, pero un conflicto puede reemplazar a otro de manera saludable y hacer que dos personas crezcan juntas, transformándose, como dice la canción de Jorge Drexler: “Vamos al mar, vamos a dar guerra con cuatro guitarras. Vamos pedaleando contra el tiempo, soltando amarras. Brindo por las veces que perdimos las mismas batallas”. 
 
Cuando la otra persona impone su interpelación, desafía, puedo defenderme o bien puedo confiar y dejarme llevar sin que esto implique ceder (¡gran temor!). Si me entrego, me enriquezco, porque le doy la oportunidad de mostrarme algo de mí que desconocía. Siempre es clave tener registro de la otredad.
 

¿Qué sucede con el desamor? 

 
 
El desamor no implica que el amor haya terminado. Hay quienes actúan con desamor por inseguridad, por miedo a ser distintos o a perder a alguien, por venganza, entre muchos motivos posibles. Si hacemos alusión a la poesía de Drexler “Me haces bien” y la complementamos con la letra de Charly García y Pedro Aznar que dice “Amor, para quien busca una respuesta, es un poquito más que hacerte bien”, el psicoanalista afirma que está más cerca de Charly, ya que una relación que funciona puede ser una relación terminada. Adhiere que, a veces, nos  damos cuenta de que el amor llegó al final cuando entendemos que “podríamos haber seguido así para siempre”.
Un amor que no esté amenazado por su fin no es un amor real, es otro tipo de vínculo, a veces de inmenso cariño, pero el amor es un poquito más. Muchas son las canciones que hablan del amor como un “poquito”, porque no es gran cosa, pero es algo fundamental y es diferente en cada uno. 
 

¿Cuánto podemos pedirle al amor? 

 
¡Al amor no podemos pedirle nada! Mejor que el amor nos pida a nosotros, porque cuanto más le exigimos, menos nos da. No podemos pretender que nos cure del pasado, de la soledad, ni de lo que no pasó en una relación anterior. Para eso necesitamos elaborar un duelo y confrontarnos con nuestras propias pérdidas. 
No pedirle nada al amor se parece un poco a no esperar nada de él, para que traiga lo mejor. Si aquí hubiese un referente musical, sería Fito Páez con su “Yo no buscaba nada y te vi”. 
 

¿Cómo salir de la “expectativa” o la construcción idealizada de lo que se quiere que el otro sea? 

 
Como mencionamos al principio, muchas veces creamos expectativas de cómo nos gustaría que el otro fuera y eso solo genera que no podamos conectar con la riqueza del encuentro. El amor no es para ganar, sino para perder, entre otras cosas, tiempo, dinero e ilusiones. ¡Qué negocio poco rentable! Pero, a pesar de que cada vez sea más común describir las relaciones con términos empresariales y se hable de “invertir tiempo”, “gestionar espacios”, “negociar intereses”, etcétera, en el amor no hay intercambio, sino que, como decía un viejo psicoanalista, “damos lo que no tenemos”. De esta manera, el amor no nos pertenece y, al entregarlo, nos damos a nosotros, nos perdemos y nos reencontrarnos a partir de lo que el otro nos devuelve, incluso si eso nos expone a la traición o a la falta de esperanza, porque el amor también implica perdonar. Amar mucho y con complejidad es el mayor imperativo ético del ser humano. Y, como dijo el Indio Solari “Si no hay amor, que no haya nada”. 
 

El sentido transformador del amor

 
 
El amor no es un estado; es una transición. Si es amor de pareja, no solo implica afectos y emociones, sino también un proceso interno, una elaboración. El amor no llega a nuestra vida para ser un fin, sino como un medio para otra cosa. Muchas veces nos ponemos tristes porque una relación terminó, a veces nos preguntamos por qué no fuimos más amados, cuando tal vez se trate de entender que, llegado cierto punto, fue suficiente. El amor no es suficiente, nunca alcanza, pero no deja de ser un puente. Aprender a amar, es también aprender a dejar a ir.
 
Cuando una relación llega a su fin, puede ser que el vínculo se haya transformado o haya quedado en el pasado. Lo importante es aprender a poner límites siendo fiel a lo que nos parece negociable y lo que no. Alejarnos de lo que afecta negativamente nuestro bienestar, es una clave fundamental para cerrar ciclos y quedarnos con el aprendizaje de la experiencia.
 
 
Fuente: Luciano Lutereau | psicoanalista, filósofo y escritor.
 
Esta información que brindamos a través de nuestra página contiene conceptos básicos y generales sobre las temáticas abordadas. Para contar con asesoramiento detallado y personalizado, consulte con su médico de referencia.